La noche está caliente y pegajosa.

Malo si no pongo el ventilador porque sudo como un cerdo en fase de depilación, y malo si lo pongo, porque me levanto con dolor en todos los huesos y músculos del cuerpo. Un duermevela que ya dura muchas noches, y que por la mañana se concreta en que tengo sueño durante todo el día y me lloran los ojos.

Cada día me voy a la cama, a este catre de marinero pero sin barco, sin mar, sin el consuelo de poder salir a mirar las estrellas apoyado en la borda, o dejar que las olas me pasen por encima si hay tormenta. Hace mucho que dejé de pensar que mañana será mejor, básicamente porque después de un par de miles de noches como ésta, asado en verano y tres meses con el mismo edredón encima en invierno, la esperanza se muda y te deja solo.
A la fuerza ahorcan y hay que dormir. El cuerpo lo sabe, de manera que estoy esperando ese momento en que el cansancio será mayor que el asquito y me vencerá el sueño, de cara a esta pared tapizada de corcho que tiene más ácaros que yeso, cuando se oye el golpe. Adiós a cualquier posibilidad de cerrar los ojos esta noche.
Lo primero ha sido el susto. No es que la noche sea muy silenciosa en esta casa. Oigo los ronquidos de mi viejo, y mi madre se levanta cada dos horas al lavabo, y de paso, contraviniendo las instrucciones de unos médicos que para ella no son científicos, sino chamanes que tienen que poder arreglarlo todo con pastillas, aprovecha para sentarse en el sillón, completamente a oscuras, a comer cualquier cosa que le va a joder más el organismo a base de diabetes y obesidad. Está bastante sorda desde hace unos años, de modo que no creo que haya oído el golpe, que a mi me ha sonado como un tiro y ha disparado un chorro de adrenalina que me sienta de puta madre, me hace estar alerta y sentirme vivo aunque solo sea porque mi sistema límbico y mi cerebro de reptil hacen lo que desde hace cientos de miles de años la evolución ha dictado: prepararse para luchar o para huir.
Pero el efecto dura poco. Mi lóbulo frontal toma el mando y estropea el momento primitivo. No habrá ni huida ni lucha. Solo estoy sólo, en esta habitación de dos por tres, en la que debe de haberse caído alguna de las muchas mierdas que cuelgan de las paredes y que son intocables para mis padres, no tanto porque sean recuerdos valiosos, que en algunos casos lo son, sino porque son sus cosas y no les da la gana de que su hijo, asilado en esos cinco metros cuadrados, las descuelgue aunque sea para quitarles el polvo.
A ver, pasemos lista. En la pared contra la que me apretujo, por la que se filtran los ronquidos y discusiones de pareja vieja y mal avenida, hay un tapiz enmarcado, una escena de caza en la que unos perros acosan a un ciervo macho que por supuesto mira al cielo berreando y pidiendo una ayuda que no va a llegar. Mi cabeza reposa en una almohada que se apoya directamente en un tabique. Nada de cabeceras en esta habitación en la que cuando éramos pequeños dormía mi hermana mayor, la única niña y por lo tanto la que tenía el privilegio de cierta intimidad mientras los tres hermanos varones nos apretujábamos en una litera y un plegatín.
En en esa pared no hay nada. Enfrente, en el tabique que da al patio de luces, hay una ventana que da al lavabo, que al igual que en «la casa de la pradera» está fuera, lo que ha hecho de todos los hijos unos seres capaces de aguantarse los meos toda la noche con tal de no tener que salir, sobre todo en invierno, cuando un aislamiento viejo, mal mantenido y deficiente, hace que se te congelen los huevos antes de sacarla para intentar miccionar lo más rápido posible y así volver al calorcito de la cama . En esa pared hay una estantería que se cae de vieja, cargada con un equipo de música que ya no funciona y que no es que sea valioso, simplemente está ahí como está todo lo demás, porque un día lo compraron y ni lo renuevan ni lo tiran. Hay también algunos libros, la mayoría míos, que se han ido acumulando durante estos últimos años, en los que la falta de pasta y de espacio, me han cambiado los hábitos y han hecho que me pase a las descargas ilegales, dejando además de oír a mi madre diciendo «esos libros estorban, a ver si los das o los tiras». Malas cartas si prefieres guardar electrónica de mierda y escacharrada a algunos de los títulos que han hecho del siglo XX algo menos oscuro de lo que realmente ha sido. Pero esa estantería, el día que se caiga, se llevará la pared consigo porque carga con mucho peso. Cuando eso pase podré ir al lavabo sin necesidad de salir al patio.
Así que descartadas todas las opciones solo queda una, y es que se debe de haber caído el cuadro que hay en el tabique que encaja la puerta de entrada a la habitación.
Me levanto, enciendo la luz y compruebo que efectivamente así ha sido.
Mi abuela Antonia me mira desde el suelo, en una de esas fotografías en blanco y negro que se hacían los antiguos en estudios de calidad y por las que pagaban sus buenas pesetas. El cristal está rajado y le divide la cara de una forma rara, como si se la hubieran acuchillado desde la frente hasta la barbilla. El marco es de cuero repujado, una virguería de piel marrón posiblemente hecha a mano en algún taller del sur de España, o quizá en Marruecos. Es viejo en cualquier caso. Esa fotografía y su marco era lo único que hubiese salvado en caso de incendio.
La recojo, me siento en el colchón y me la quedo mirando. Ha sido necesario que la alcayata que lo sustentaba haya cedido para que me fije en la fotografía, en la que una mujer muerta hace dieciocho años mira a la cámara con una sonrisa muy blanca, de dientes perfectos, con los ojos muy negros y una permanente de peluquería que sin duda se hizo especialmente para esa fotografía, en un tiempo en que las imágenes tenían valor porque eran escasas y caras. Debía de tener entre treinta y cuarenta el día en que se la hicieron, cuando todavía estaba sana y la diabetes no la había dejado ciega, sin un riñón, dependiente de su marido, y pasando los días a oscuras en su casa, en un ático sin ascensor, sin saber que su final estaría en una cama del hospital de Bellvitge en el que le amputaron la pierna derecha por encima de la rodilla porque la diabetes tenía que seguir, la muy hija de puta, cobrándose su precio en la carne de una mujer que vivió poco y mal.
Los recuerdos llegan solos y de estampida. Los ha convocado un golpe, una imagen, y se superponen unos a otros de esa forma en que solo el cerebro humano es capaz de hacerlo, sin tregua.
A mi yaya le hice de lazarillo desde mis doce años. Comía en su casa todos los sábados. Siempre huevos con patatas fritas que me cocinaba yo mismo mientras ella estaba sentada a mi vera en la cocina, preguntándome por mi vida de niño y explicando historias de cuando era una cría, una adolescente en Almería, en los años de la posguerra, los años del hambre, el frío, la incultura y la crueldad de una dictadura franquista que no es que no se ocupase de ella, es que ni sabía que existía salvo para acosarla en los mercados en los que vendía lo que podía, envuelto en un pañuelo de esos de cuadros marrones y ocres, huyendo del acoso de la guardia civil, que si la pillaba le quitaba todo, la mercancía, el dinero, y la dignidad con dos bofetadas porque en la España del dictador de culo blanco, si no tenías no eras nada y solo te quedaban los curas y monjas, que si estaban de buen humor te daban la sopa boba.
Ella lo contaba sin rencor, con gracia andaluza. Metiendo chascarrillos y exageraciones, palabras que aquí en Cataluña, no significaban nada y que pertenecían a un pueblo vasallo que tiraba de ironía y jerga para cagarse en la puta que parió a sus opresores.
Luego, después de comer yo lavaba lo que había ensuciado y nuestras rutinas, a lo largo de los años, fueron variando. Primero, cuando aún podía ver yo le enseñaba a leer y escribir. Recuerdo que el día que pudo completar su firma, se le quedó una sonrisa que le duró todo el día. Las sumas y restas le costaron más, pero también aprendió. Yo, profesor orgulloso, sentí por vez primera la maravilla que supone enseñar a alguien que quiere aprender. Si lo pienso bien, nunca después, ni como jefe, ni como maestro, he encontrado la misma ansia de saber, de conocer, ni el mismo agradecimiento en nadie. Cuando la diabetes la dejó ciega ya no pudimos seguir con las clases, así que nos metíamos en la habitación de los trastos, donde tenían dos sillones remendados de escay, nada de cuero, nada de lujos, y allí pasábamos un par de horas escuchando casetes. A veces Manolo Escobar, otras Antonio Molina. Y si la cosa encartaba, poníamos a Arévalo, que nos hacía reír por mucho que volviésemos a escuchar una y otra vez unos chistes que ahora, generaciones de cristal y sin conciencia histórica, demandarían en los juzgados por machistas, homófobos y heteropatriarcales.
Cerrábamos el sábado yendo a casa de mis padres. La guiaba siempre por el mismo camino, avisando de los bordillos y de los obstáculos, atento a que no pisara nada desagradable, y siempre conversando sobre cualquier cosa que ella quisiera saber.
Pasé los años de universidad viviendo con ella. Me marché de casa buscando una intimidad que no podía tener en un piso de tres habitaciones en el que se amontonaban seis personas. La verdad es que también huía de un padre que me caía mal, y que consideraba que yo no sería nada en la vida. Quien sabe, si me hubiese quedado allí quizá nunca habría sido nada.
Al volver de clase o del trabajo, por las noches, me sentaba con ella hasta las once o las doce, y veíamos películas que ella no entendía, de manera que me asaeteaba a preguntas para completar el argumento. A veces me molestaba. Luego, cuando ya no estuvo, hubiese dado cualquier cosa porque me volviese a preguntar aunque interrumpiese mis pensamientos de hombre joven, que supongo que eran acerca del sexo en particular, las chicas en general, y el futuro, que era algo difuso y confuso pero que estaba ahí, esperando, agazapado y listo para saltarme encima llegado el momento.
Un cuadro que se cae, un golpe, una foto y cientos de recuerdos.
Acaricio el cuadro con los dedos, su cara retocada en blanco y negro y me digo a mi mismo que me alegro del tiempo que compartí con ella, de haber tenido su compañía y también me digo que me alegro de que ya no esté, de manera que no tiene que verme así, pobre, triste, vencido. Un hombre que no sabía ni que podía llegar a existir y que desde luego, está muy lejos del garabato de mi mismo que fui entonces y del firme dibujo que fui años después.
Me tumbo en la cama abrazado al cuadro y siento las lágrimas rodar por mis mejillas. No se si lloro por ella o por mi. Creo que por los dos y lo acepto sin más, con la impotencia del que sabe que no se pueden cambiar las cosas y que los recuerdos es lo que tienen, que siempre acaban en lágrimas.