PEGARLE FUEGO. Capítulo 1. Un cuadro se cae

Este es el principio de «Pegarle fuego». Si te ha gustado habrá más allí de dónde ha salido el primero.

La idea siempre estuvo ahí, desde el dos mil trece más o menos. Contar en primer persona lo que el paro de larga duración y la discriminación por edad le hacen a un ser humano, en este caso un hombre blanco heterosexual, a su cerebro, a su vida y a todo lo que le rodea. Dejé madurar la idea pensando que en realidad nunca escribiría esta novela. Mi plan era encontrar otro trabajo más pronto que tarde, o a las malas dedicarme a la consultoría de lo mío. ¿Os suena esta cantinela? Más o menos es lo que nos hemos dicho a nosotros mismos los cientos de miles de personas que nos hemos caído en los último años del estatus de ciudadanos, al de estorbos tributarios de ayudas no contributivas y eso sí somos lo bastante pobres. En caso contrario, pues ni eso.
A los 1800 días en paro la cosa ya estaba madura pero no acompañaban las ganas.  A ver, que queréis que os diga, cuando estás jodido si te pones a contar lo jodido que estás lo único que consigues es ser un triste. Y ya se sabe, porque lo dijo alguien mucho más sabio que yo, que «el triste enfada». Nada más lejos de mi intención que hacerme pesado o llorar en demasía. Me gusta pensar que todavía conservo la capacidad de reírme de mi mismo y que eso, precisamente, es lo que me autoriza a reírme de los demás y sus mierdas. Orgullo y prejuicios al fin y al cabo. Si hay que desnudarse, que sea para algo que valga la pena.
Ahora ya son 2900 los días en desempleo. No todos he estado en paro pero conceptualmente soy un «ronin», un samurái sin señor que vaga en tierra de nadie aprovechando las ocasiones que le da la vida de sacar la espada y volver a la batalla, que no son muchas, pero cuando sale de su vaina, vive Dios que soy un guerrero magnífico y peligroso al que es mejor tener de tu lado que en el otro. Este guerrero ahora ya ha pasado por el proceso adecuado y puede decir con Woody Allen que tragedia más tiempo es igual a comedia.
Iba a llamarle a ésto «2900 días». Pero visto que la suma sigue y el número crece, no podría evitar sentir la tentación de ir cambiando el número a diario y tampoco es plan.
Esta va a ser una historia triste, o por lo menos amarga, contada con sentido del humor en su mayor parte pero con capítulos muy oscuros. Lo contrario sería muy falso y hasta una ofensa a mi mismo y a los que como yo, llevan a la espalda la pesada carga de haber cumplido años. Cincuenta y uno en mi caso, ya ves tú. Hay casos y lo sé porque los conozco,  que son mucho más duros que el mío y frivolizar con ellos no me parece ni medio bien.
La lectura me ha salvado de la locura. Un libro por semana me ha ayudado a evadirme de una realidad que puedo entender intelectualmente pero no acepto moralmente. La anomia, el conflicto de valores que hay en mí es tan fuerte que he necesitado grandes dosis de filosofía, de ciencia ficción y también de descarnada novela negra. Esta última, con sus oscuros y a menudo contradictorios personajes, me han mantenido a flote y como ya he dicho, cuerdo. Ahora la lectura ya no me basta y oigo que llama a la puerta la insania del tiempo vacío, de los días perdidos y las horas desperdiciadas. Estoy, en el mejor sentido de la palabra, sólo. Hay gente a mi alrededor pero nadie que me acompañe en este viaje en su totalidad. Son extras de una película de bajo presupuesto en la que el protagonista tiene una vida muy limitada que le ha llevado a moverse en un círculo muy reducido, lleno de gente extraña no en sí misma, sino porque es extemporánea. No es la gente que tendría que rodearme en este momento de mi vida si las cosas hubiesen sido de otra manera, pero como un hombre perdido en el desierto, acepto toda agua que se me de sin preguntarme demasiado por su origen. No diré que esto no me haya traído algún problema y desde luego es posible que me traiga alguno más. Ahora, leer no basta y para mantener a los monstruos al otro lado de la puerta me veo obligado a escribir, cosa que hubiese preferido no tener que hacer, no sé si se me entiende o si me explico. Supongo que sí, ya que cualquiera preferiría la felicidad, o algo que pueda pasar por tal cosa a la necesidad imperiosa de escribir para seguir viviendo.
Esto va a ser una mezcla entre realidad y ficción. No tanto porque la realidad no sea interesante, sino porque hay personas que tienen que ser protegidas. No hay intención de revancha ni de dañar a nadie, aunque alguna herida se va a infligir, porque insisto en que soy un guerrero, mis armas están ociosas pero afiladas, y no se puede sacar la espada sin que el filo corte. De ahí a destruir, que podría, hay un mundo y por eso intentaré que las personas no sean reconocibles para vosotros. Ellos y ellas si se identificarán pero eso, es inevitable y a estas alturas ya me da igual, puesto que afronto lo que viene a la manera de los estoicos, sin esperar nada bueno ni malo de nadie. No espero nada en realidad y no porqué no me lo vayan a dar, que lo dudo, sino porque ya no necesito lo que necesitaba hace años. Vamos tarde para muchas cosas.
La vida como tal no existe. Quedará claro en estas páginas que creo firmemente en la idea de que el cielo y el infierno son los otros. Aunque como metáfora es útil y puedo decir que la vida es curiosa. Ahora mismo, hace exactamente cuarenta minutos, un viejo conocido me acaba de enviar un whassap para decirme que se ha ido a Soria. Él, vecino de la muy rica Sant Cugat, se ha tenido que ir a la España vaciada porque a pesar de provenir de la burguesía catalana moderadamente pudiente, ya no se puede permitir la vida que antes llevaba. No es el primero ni será el último, pero vive Dios que en mi cabeza las cosas van por ese camino. Los que me conocen me lo han oído decir. «Mi futuro está en Soria, en una casa rehabilitada a mínimos, pagando un alquiler simbólico, quemando leña en invierno y dejando puertas y ventanas abiertas en verano para no asfixiarme de calor. Con tres gallinas, una cabra, y un huerto». Cualquier cosa menos seguir en un barrio en una ciudad de mierda, pagando ochocientos euros por un piso o trescientos por una habitación, sin ver las estrellas más que una vez al año o ni eso, viendo como mis calles se van convirtiendo en algo extraño, peligroso a determinadas horas, donde es más fácil comprar marihuana o cocaína que una barra de pan.
Ese es mi futuro.
Para saber cuál es el futuro de Hugo, y entender el título de esta novela, tendrás que leer lo que sigue. Si decides hacerlo buen viaje. Si no, suerte igualmente. La vamos a necesitar…todos, todas y todes.